Exposición de fotográfica: La belleza (Biblioteca de Aragón, del 5 al 29 de diciembre de 2017).

LA BELLEZA
Dime, oh Dios, si mis ojos, realmente, la fiel verdad de la belleza miran; o si es que la belleza está en mi mente, y mis ojos la ven doquier que giran (Miguel Ángel Buonarroti).

No sé si ocurrió así, pero dejadme imaginarlo. Dejadme imaginar a esa mujer semidesnuda, oculta en el vientre de la colina que le resguarda de las largas noches del invierno, del tiempo inclemente y de las criaturas salvajes que la acechan. Dejadme imaginarla tendida sobre el suelo, al lado de una pequeña hoguera que proyecta, sobre las paredes de la cueva, inquietantes sombras que se mueven.

Sobrecogida por el miedo, con un bebé junto a su pecho, gira la cabeza hacia el techo, y ve un resalte de piedra que, víctima de sus íntimos terrores, se le antoja la chepa de un bisonte. Se incorpora ligeramente, tizna uno de sus dedos con los residuos negros de carbón vegetal que hay junto a la fogata y, tomando como referencia la ilusoria joroba, lo desliza lenta y temblorosamente por la bóveda de la caverna, hasta conformar el contorno del enorme ungulado al que tanto teme. A él se le irán uniendo caballos, uros, ciervos y jabalíes. Y al negro, los rojos y los ocres. La naturaleza en todo su esplendor es recreada por un ser humano sobre las paredes de una gruta.

Dejadme imaginar que, tendido sobre el andamio, contemplando sobre su nariz la bóveda de la Capilla Sixtina, Miguel Ángel trata de dar vida en su cerebro a ese primer momento en el que se separan la luz y las tinieblas, las aguas y la tierra; en el que el sol ilumina el día y la luna la noche; en el que los cielos se pueblan de aves, de peces los mares, y de reptiles y fieras los desiertos y praderas; en el que la mujer y el hombre son creados para señorear la Tierra. Dejadme imaginar que, de repente, le sobreviene la inspiración, y Buonarrotti todo lo entiende. Toma el pincel y, cual si se tratase del mismísimo Yahvé, jugando con la luz, los colores y las formas, sobre el ábside blanco reproduce nuevamente el milagro del Génesis.

Dejadme imaginar que, sólo desde el desgarro interior, de quien sintiéndose aprisionada por las cadenas de un cuerpo del que no es posible liberarse para acudir al deseado encuentro con Dios, pueden escribirse unos versos tan hermosos como estos que compone Teresa de Jesús:

“¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.”

Dejadme imaginar que cuando Remo Giazotto compone el “Adagio en sol menor”, más conocido como “Adagio de Albinoni”, las lágrimas resbalan por sus mejillas hasta derramarse sobre las líneas del pentagrama. Dejadme imaginar que en lo más profundo de su mente se produce un “big bang” incontrolable que proyecta sobre el espacio infinito una conjunción de corcheas y semicorcheas, fusas y semifusas, divinamente ordenadas, dando lugar a un universo sonoro capaz de emocionar a las criaturas de todas las generaciones.

La mujer anónima de Altamira, Miguel Ángel, Teresa, Giazotto, con los dedos, con el pincel, con la palabra, con el sonido, fueron capaces de crear obras que conmueven al espectador. Los miembros de “Círculo Fotográfico” nos adentramos en el mundo exterior con una cámara fotográfica entre las manos, buscando la belleza en el cuerpo humano, en la textura de una hoja seca, en la fragilidad de una mariposa, en el discurrir del tiempo que todo lo consume, en los objetos inertes, en los paisajes marinos o nevados… Luego, trasladamos al papel el resultado de esa búsqueda y lo ponemos frente a vuestros ojos, en la confianza de que sabremos transmitiros aquella emoción sentida en un momento dado, al descubrir algo bello, y que, presionando el disparador, quisimos retener para siempre.

Mario Maganto Berdejo
CFA

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